Noviembre en febrero.

huellas-cruzadas

“Si tú no existieras, sería más fácil el aire.”

Arjona.

Dos caminos se encuentran sin razón aparente. Tres días de noviembre. Él la besa como el rocío a la rosa cada mañana. Y ella observa cada uno de sus movimientos con el tsunami que son sus ojos. El tiempo vuela cuando están juntos y el mundo alrededor está ausente de tanta energía. Se agarran de las manos y se aprietan, transfundiendo amor entre dedos. Se abrazan apasionadamente y duermen juntos, sabiendo que van a perderse pronto. Tres días después se despiden y las almohadas se empapan de lágrimas.

Miles de kilómetros anestesian corazones. Se saben lejos y continúan sus vidas, aquellas que tenían antes de noviembre.

Pero él la sueña y ella lo sabe. Ella lo añora y él está al tanto. Se vuelven a encontrar. Otra vez noviembre. Otra vez el destino. Se repiten las miradas cómplices y los recuerdos reviven latidos. Sentimientos encontrados se suceden a cada segundo. Una noche junto al mar y el tiempo se hace infinito. Lágrimas inevitables y abrazos de despedida nuevamente. Para siempre. Huellas imborrables y caminos que no llevan a ningún lugar.

La vida se torna, en ocasiones, en una encrucijada desconocida. Y el amor es un corcel indomable que a veces no sabe adónde va. Martes o domingo, Nueva Zelanda o Francia, celeste o naranja, noviembre o febrero.

Reyes Magos: Tragedia, toma 1.

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Durante mi niñez nunca me hablaron de los Reyes Magos. Debe ser porque nací cuando todo aquello que nos sostenía iba cayendo estrepitosamente. Luego, con lo de Período Especial, pensé que el trío se daría alguna vueltecita, para justificar en mi inocencia infantil lo “especial” del periodo. Pero hasta mi casa jamás llegaron. Me los presentaron cuando ya no tenía edad para esperar sus regalos, cuando mi madurez superaba cualquier intento de alcanzar algún sueño frustrado.

Por esa razón me parecía un día normal. De esos que por rápidos y comunes no dejan huellas. Y aunque el Sur estaba a la espera del frío que desde el Norte traían los Reyes Magos, nadie imaginó que desde Alaska llegaría también, un servidor del demonio. Y que entraría por la misma puerta que los demás.

***

Los aeropuertos son sitios donde la vida transcurre entre mamparas, donde nos encerramos a deshoras tratando de recuperar tiempo; allí donde el hombre se siente poderoso, al saberse poseedor de todo aquello que ocupa el espacio sobre su cabeza y bajo su mirada. Son lugares donde llueven despedidas y retornos añorados, es lo más parecido a un cementerio o un altar de iglesia, testigos de lágrimas genuinas y besos inconclusos. También allí, el peligro acecha sigiloso.

Casi todos mis amigos desde este lado de la bestia hambrienta que es el Estrecho de la Florida trabajan en un aeropuerto. Uno que por su difícil metamorfosis al español no es de los favoritos para los cubanos que habitan y visitan la península. Aunque haya sido el primero en volar a la Isla después de más de medio siglo de interrupción. La primera semana del almanaque es quizás, la más agitada de todas las que transcurren en el año. Familias que regresan y otras que llegan, la mayoría huyendo del frío mortal que los aleja de los sitios más septentrionales del planeta. La Florida es privilegiada por el clima, y los amantes del sol se aprovechan de ello, mientras dejan atrás, por un tiempo, la violenta y fría lluvia blanca que los aterra.

Entonces, en cuestión de minutos, el aeropuerto de Fort Lauderdale nos invade ensangrentado. Mis ojos no creen estar viendo las noticias de un tirador haciendo diana en cuerpos inocentes. Mi primer pensamiento es para mis amigos. Me apresuro a buscar en mi teléfono noticias de cada uno de ellos. Increíble: el infierno acontece en plena Terminal 2, por donde tantas veces hemos cruzado pasos, donde tantas noches hemos compartido sonrisas, chistes y soledades. Imágenes y caras conocidas, instantes detenidos en el tiempo. La información es mínima y la incertidumbre es una daga que ataca por la espalda. Enseguida llamo a mi familia y respondo mensajes de preocupación de otros amigos, intentado reducir temores innecesarios. Pero 5 familias les piden a sus dioses explicaciones ante tanto absurdo. Otras 8 les agradecen el milagro de la vida…y de la suerte.

Todo sucede muy rápido y al final, el show mediático se apodera de nuestro mundo hasta que termina el día. Mis amigos logran salir ilesos, con una lección de vida que nunca olvidarán: Todos somos vulnerables sobre la tierra que pisamos. Incluso, en un aeropuerto, donde no debería existir espacio a la inseguridad.

El sol vuelve a salir a la mañana siguiente, pero luego es opacado por una fina llovizna que anuncia la llegada del frente. Es 7 de enero de 2017. Esta vez, los Reyes Magos llegaron a este punto de difícil pronunciación, todos vestidos de rojo.

 

 

 

Lejanías y amores infinitos

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Fue un amor a primera vista. Los primeros años a su lado fueron de alegría infinita, de orgullos sin fronteras, de contados momentos para el olvido. A pesar de mi juventud, su presencia cerca de casa me llenaba todos los vacíos, hacía que no quisiera estar cerca de nadie más, que no le permitiera a mi mente y a mi ser, engañarlo ni en pesadillas. Comenzamos una vida juntos, yo me entregué por completo y él se dejó enamorar vehementemente por mí. La diferencia de edad era evidente: yo tenía 5 años. Pero no me importó, como no reparé en los miles de amantes que lo acosaban. Luego el destino nos puso a prueba, la relación iba barranca abajo y las esperanzas de revivir los días felices se esfumaban cual trago efímero de ron barato. Mi inocencia infantil de entonces no permitía que lo olvidara, que dejara todo atrás y que comenzara un nuevo camino. Mi orgullo incólume me mantuvo siempre en pie, repitiendo una y otra vez que saldríamos de aquel bache. No obstante, ni en aquellos días (años) amargos me aparté de su cobija, era donde me refugiaba para escapar de mis problemas y el lugar donde siempre encontré la redención, a pesar de los regaños de la historia y la repetición invariable de momentos tristísimos.

Un día me alejé sin fecha de regreso. En mi nuevo hogar me encontré con uno de sus parientes, superior en cuanto a belleza, limpieza y madurez. Le agarré cariño de entrada, porque ya conocía a la familia, pero mi corazón aun le pertenecía al de allí, al pobre y demacrado que dejé detrás. Fueron 18 años de desesperanzas y humillaciones, demasiados para intentar mantener viva una ilusión amorosa.

Una buena amiga me recuerda que estoy lejos. Y que me encantaría estar más cerca. Incluso, ahora, que es cuando más falta le hago. Y cuando más lo necesito. No había estado ausente más de una temporada y aun no me perdono no haber estado cuando la apoteosis del regreso a los días felices. Han pasado casi 3 años y aun me martilla la cabeza la euforia de tantos miles a su lado y la soledad de mi pequeña habitación. Me sigue persiguiendo el demonio de la ausencia y el tiempo me va cobrando factura. Hoy, siento la necesidad de su olor y el privilegio de poder acompañarlo, una vez más, al trono o al cadalso.

Mi amor se llama béisbol y viste una capa naranja.